El acuerdo de las izquierdas

Por Ismael Sáez, secetario general de UGT PV

La izquierda francesa concurre a las próximas elecciones legislativas de junio agrupada en torno a Mélenchon y la Francia insumisa. El Partido Socialista francés viene de cosechar los peores resultados imaginables en las recientes elecciones presidenciales y ha decidido, en medio de una fuerte división interna, subordinarse a la corriente dominante que representa Mélenchon y su programa de más Francia y menos Europa. Que la estrategia de los socialistas franceses sea o no la acertada, desde el punto de vista de su crédito entre su electorado tradicional, que le ha dado la espalda, se verá. También se verá si este acuerdo de concurrir agrupados obtiene el apoyo suficiente en las elecciones de junio como para valorar que ha añadido a la suma aritmética o le ha restado. Lo que a mi entender no ofrece dudas es que el nacionalismo que flanquea al partido del Presidente Macron es malo para el proyecto europeo y, por ello a mi entender, malo para quienes necesitan del partido socialista.

El desgaste de la socialdemocracia viene de lejos, las políticas de Thatcher y Reagan significaron desventajas para las economías de altos impuestos y fuerte protección social, Estados de corte socialdemócrata competían con reglas que supeditaban la economía al Estado social frente a un modelo neoliberal que las suprimía para hacer más fáciles y rentables los negocios, a cambio de aumentar el déficit público que además justificaba nuevos recortes en prestaciones y servicios públicos. Era el fin de la historia, el modelo único que se proclamaba profusamente en los medios y a cuya reafirmación contribuyó el derrumbe de la URSS.

Una economía cada vez más globalizada y sin reglas planteó la disyuntiva de seguir con Estados protectores, que perdían dinamismo aunque procurasen mayor igualdad, o sumarse al programa neoliberal de mayor crecimiento, pero con menos derechos y más desigualdad social. Eran los tiempos en los que lo importante no era el color del gato, sino si cazaba o no ratones, los del nuevo laborismo o la tercera vía de Tony Blair.

El contrato indefinido, los derechos laborales, la negociación colectiva y los salarios, las organizaciones sindicales que los hacen posibles eran una lacra para las empresas. Las pensiones, la sanidad y la enseñanza públicas y gratuitas, las prestaciones sociales imponían cargas fiscales que hacían menos atractiva la inversión en aquellos países que las defendían. En un mundo global los Estados-Nación habían perdido capacidad frente a las multinacionales, los grandes flujos financieros y los fondos de inversión. El modelo socialdemócrata es especialmente factible en el marco de un área geográfica, política y económica con suficiente tamaño para contraponerlo al de EEUU o China con garantías de éxito. Sin embargo, la respuesta de la UE a la crisis financiera de 2008, protagonizada por la derecha europea, desaprovechó las oportunidades de actuar unida y ajustó cuantas entre deudores y acreedores agudizando la crisis y generando mayor desigualdad y desafección por el proyecto europeo.

La consecuencia de este grave error está en la base del Brexit, de los nacionalismos en la UE y del crecimiento de aquellos partidos que, a derecha e izquierda, canalizan la frustración y la desesperanza de gran parte de la población a posiciones de menos Europa; pero todas las amenazas que para el Estado socialdemócrata ha venido representando el modelo neoliberal durante los últimos 40 años siguen ahí, por lo que difícilmente las soluciones que proclaman los partidarios de recuperar soberanía frente a Europa tiene posibilidades de éxito.

El giro que dio la UE para salir de la crisis financiera y la respuesta a la provocada por la pandemia son muestras palmarias de las enormes posibilidades que ofrece Europa para atajar los problemas, pero además de deuda pública europea que financia los fondos de recuperación y que pretende impulsar un salto en innovación, transición energética y digitalización, Europa necesita más democracia. Para que la voluntad de los ciudadanos vuelva a ser determinante en la construcción de la sociedad que mayoritariamente desean, el entramado institucional de la UE debe responder en mayor medida a esa voluntad.

Para las organizaciones sindicales también es prioritario ceder soberanía, crear sindicatos europeos capaces de intervenir en los asuntos que le son propios. Las regulaciones en materia laboral entre los distintos Estados de la Unión son dispares, responden a dinámicas históricas muy distintas, pero los problemas a los que nos enfrentamos son idénticos. Si queremos sacar de la ecuación del crecimiento económico la devaluación de los salarios y el deterioro de las condiciones de trabajo, debemos armonizar el ordenamiento jurídico laboral con un proyecto de Estatuto de los Trabajadores Europeos que vaya avanzando en esa dirección. Este será el verdadero Estatuto del siglo XXI y no el que se elabore, aun con la mejor de las fortunas, en cada País.

El acuerdo de las izquierdas es una buena noticia para quienes creemos en sus postulados en democracia y libertad, pero es una pésima alternativa si se fundamenta en nacionalismos que socaban el proyecto europeo, de manera tal que la subordinación del Partido Socialista francés a la Francia insumisa de Mélenchon canalizará el descontento de su electorado, pero difícilmente dará respuesta a sus necesidades. La insumisión es una respuesta legítima y justificada, pero no una propuesta.

Así están las barbas de nuestro vecino.