Unión General de Trabajadores del País Valenciano

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Por Ismael Sáez Vaquero, Secretario General de UGT PV

Cada 27 de septiembre, desde 1980, se celebra el día Mundial del Turismo; estamos por tanto ante un fenómeno reciente, porque antes de mediados del siglo XX no existía el turismo tal y como lo conocemos, sino viajeros que siempre respondían al prototipo de aventurero de clase alta. Es a partir de las conquistas promovidas por el movimiento sindical cuando se logra el derecho a las vacaciones y con ellas el verdadero nacimiento del turismo. Queda pues fijado el título de este artículo.

Es verdad que las vacaciones son condición necesaria para el turismo, pero no suficiente; hace falta además que la inmensa mayoría de la población disponga de renta suficiente para destinar aquéllas al disfrute del ocio que proporcionan y, por eso, será con el desarrollo del Estado del Bienestar (1950-1973), otra contribución del movimiento sindical, cuando se registre el “Boom del Turismo.”

Una cosa es ser un país para turistas (la España de los años 60) y otra un país turístico con alto nivel de renta, capaz de sumar a los visitantes de fuera una fuerte demanda interna. Y para lograrlo, o mejor dicho, no malograrlo, se necesita que nuestra economía sea generadora de valor añadido, competitiva y creadora de empleos de calidad: estables, con derechos y bien retribuidos. Queremos un potente sector turístico, pero no una España de camareros/as, especialmente si están mal pagados, ni que todos los huevos se pongan en una misma cesta.
 
Centrándonos en el mercado laboral del sector turístico, que responde mayoritariamente al reclamo de sol y playa, hay que señalar que se caracteriza por la temporalidad, la precariedad y la desregulación. La temporalidad se explica por la estacionalidad del sector, pero sólo en parte. La precariedad no es sólo otra forma de denominar a la temporalidad, sino que encuentra su expresión más grosera en el prestamismo laboral que las Reformas Laborales han bendecido. Las Kellys son un escalón más en la cadena de subcontratación que rebaja costes a expensas de los derechos y los salarios de las trabajadoras, las expulsa del convenio colectivo y de la empresa para la que realmente trabajan, dejándolas a merced de la oferta y la demanda en un país con cuatro millones de parados.
 
La desregulación es situar a cada trabajador individualmente frente al empresario, desprovisto de derechos y con la necesidad de trabajar.
 
Es pues urgente derogar las Reformas Laborales y recuperar la eficacia general de los convenios colectivos, así como la prioridad aplicativa de los convenios sectoriales sobre los de empresa; es necesario restablecer el equilibrio entre trabajadores y empresarios dándoles a las organizaciones sindicales la capacidad de presión, para la negociación y el acuerdo, que de otro modo sólo es imposición; hay que fijar con claridad la figura de la empresa, para que lo que es una verdadera relación laboral no se convierta en un contrato mercantil entre un trabajador y su empresa; y desde luego, no hay que dejarse confundir por el lenguaje que adorna la explotación con expresiones tan de moda como la de economía colaborativa.
 
El turismo, como cualquier actividad económica, necesita ofrecer calidad para ser competitivo y sostenible en su crecimiento, no vale entonces como patrón el “yo se lo hago más barato”, ni es moralmente aceptable ni económicamente eficiente, en especial cuando se persigue a costa de los trabajadores y sus derechos. La calidad del sector requiere profesionales formados y bien pagados, normas claras y justas que definan la relación laboral y fijen sus derechos.
 
La tasa turística será o no será, de este modo o de aquel; pero sin trabajadores y trabajadoras que establezcan la dignidad del trabajo a través de la negociación colectiva, no sólo no habrá turismo de calidad, sino que el nuestro volverá a ser un país para turistas.
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