Unión General de Trabajadores del País Valenciano

Por Ismael Sáez Vaquero, Secretario General UGT-PV.

La próxima primavera los ciudadanos estamos llamados, por el momento, a una triple votación: Municipales, autonómicas y europeas. Todas son importantes, en los municipios y en las CCAA se gestionan gran parte de nuestros impuestos y desde estas instituciones se prestan la mayoría de los servicios, pero desde ellas no podemos cambiar el mundo.

No podemos modificar las reglas de la globalización, no podemos fijar condiciones a las grandes multinacionales y fondos de inversión o especulación, no podemos impedir que las rebajas fiscales o la depreciación del factor trabajo actúen como un reclamo del capital que supedita el interés del dinero al interés de los ciudadanos. Tampoco desde instituciones como los Estados-Nación lo tenemos fácil para cambiar el mundo, especialmente si esos Estados lo son del tamaño de los que componen la Unión Europea. Todos navegamos como podemos en el océano de la globalización y cuanto mayor sea el trasatlántico mejor. Los distintos modos de ordenarnos políticamente se juegan entre continentes, no hay espacio para los españoles, los franceses, los británicos o los alemanes considerados aisladamente. Elegimos a nuestros Presidentes o Jefes de Gobierno para que hagan política, pero tal posibilidad está tan limitada en lo económico por los mercados que unos y otros apenas pueden maniobrar en la dirección comprometida, especialmente si lo que prometieron fueron políticas de izquierdas entendidas éstas como el reforzamiento del Estado de Bienestar, que nadie se asuste. Así que no es de extrañar que el sentimiento de que nuestro voto no vale para mucho se extienda y con ello se cuestione la democracia misma.

Antes de la Gran Recesión, desde mediados de los 80 y tras la caída del Muro de Berlín, ya se abrió camino con éxito la idea del llamado pensamiento único: neoliberalismo, desregulación, empequeñecimiento del Estado como factores para el crecimiento económico y la eficacia. Nos dijeron que bajar impuestos no era de derechas, que así se fomentaba la inversión y el consumo, que la economía crecía y el Estado acababa recaudando más. Lo que no se nos dijo es dónde estaba el límite, porque el límite lo marca el capital y su ambición no lo tiene. Después llegaron las consecuencias terribles de la Gran Recesión.

Por un momento parecía que las cosas iban a cambiar, que se iba a “refundar el capitalismo”, que la lección había sido tan dura y sus consecuencias tan terribles que los líderes mundiales iban a tomar cartas en el asunto para embridar a la democracia una economía desbocada que actuaba sin reglas en el concierto global. Mala conciencia y palabras hueras, en la globalización los Estados compiten ateniéndose a las circunstancias, no las cambian
Es frecuente, y explica el voto de las clases trabajadoras a la derecha, que quienes se encuentran en el penúltimo peldaño de la escala social disputen con los últimos mantener su posición y los vean como enemigos de su triste privilegio de penúltimos. Los que están en el primer peldaño, los verdaderos responsables de su mala suerte, son venerados porque se les contempla como el plebeyo contemplaba a su rey: sólo la sombra de su grandeza proyectada en el suelo del que no levantamos la cabeza.

Asistimos a la venta de derechos que no tienen precio: vendemos la libertad sexual, el derecho a la igualdad entre mujeres y hombres, el derecho de reunión, manifestación o huelga, el derecho a la protesta. Vendemos los derechos de las minorías y de los más débiles. Y lo hacemos para garantizarnos orden y seguridad. La seguridad de nuestro status económico, de nuestra posición en la escala social, contra el miedo a perder esa situación, inconscientes, bloqueados por ese miedo no entendemos que renunciamos a nuestra propia libertad, abdicamos de la justicia y de los valores humanistas y democráticos. Vemos en el hombre un lobo para el hombre, pero somos nosotros los lobos. Lobos asustados que se defienden a dentelladas.

Definitivamente, si queremos salvar el Estado del Bienestar, que es tanto como decir el más alto grado de civilización, hemos de participar masivamente en las próximas elecciones europeas apoyando a aquellos partidos políticos que defienden más Europa, más unida y más solidaria. Necesitamos armonización fiscal, pero también laboral y social: un Salario Mínimo Interprofesional europeo que sea el equivalente al salario medio de cada país miembro, un Estatuto de los Trabajadores Europeos, una misma regulación del derecho de huelga, concertación y diálogo social europeo entre la patronal y los sindicatos.

Nada está perdido, “decir hoy, es decir todavía” como nos enseñó Antonio Machado, y como puso en boca de D. Francisco Giner de los Ríos el poeta: para ganar un mejor futuro y cauterizar el peor pasado “hagamos un duelo de labores y esperanzas”.

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